Música + Moda = 0

El idilio entre música y moda tiene su lógica si pensamos en esa ambigüedad que ambos comparten y que permite al individuo sentirse el centro del universo y al mismo tiempo ser parte de una estúpida masa uniforme. 

Desde los años 50 del siglo XX, quizás antes, a cada movimiento musical le ha salido una estética, como a un sándwich le sale el moho, que ha dado lugar a rockers, mods y otros movimientos gregarios dedicados a la veneración de ciertas deidades musicales.

Hasta que un buen día en la década de los 70, a una estética le salió un movimiento musical. En la ciudad de Londres, Malcom McLaren y Vivienne Westwood casi crearon el punk, dieron lugar a los Sex Pistols y pusieron banda sonora a las crestas mohawks, solitarios con tachuelas y botas militares.

En los años 80 ocurrió algo extraordinario, la década echó el cerrojo atrapando para siempre un guitarreo pasteloso junto a hombreras y cardados, nunca moda y música estuvieron más sincronizados. En los 90 llegó Nirvana, y con ellos el grunge, un movimiento musical que se posicionó honestamente en contra de la estética. De aquella ideología basada en un veinteañero deprimido que conectó a todos los veinteañeros deprimidos del globo a la idiología contemporánea  que se manifiesta con cada camiseta de Pearl Jam que veo en un Bershka. Un sinsentido para los adolescentes de hoy, y una puñaladita en el corazón a los que fuimos adolescentes en los 90. En los 2000, el pop-rock británico se lo comía todo en el mundo de la moda. Kate Moss era el mayor icono de estilo y siempre salía con musicos londinenses de pantalones pitillo, cazadora de cuero y pañuelito atado al cuello, si había suerte también llevaban fedora (buscad en Google a Pete Doherty y Jamie Hince). 

El director creativo de Dior homme entonces y hoy fotógrafo, Hedi Slimane, le dijo al mundo que esa era la estética del hombre del 2000 y una de las bandas de rock más famosas del momento (The Strokes) salió antes en el Vogue que en la NME. De la electrónica experimental surgían las estéticas más extremas, casi siempre en femenino, Bjork, Roisin Murphy o  Grimes se asociaban a jóvenes diseñadores y fijaban el valor de su estilo en su talento. A día de hoy solo Rosalía se ha adherido a esa versión del patrón oro, y con ella como excepción, llegamos al presente. 

Sin meternos en profundidad, hasta los años 60 la moda era dictada por una oligarquía elitista  ( aka alta costura), luego llega el pre-a-porter, los movimientos juveniles y la moda surgía en la calle para llegar a la pasarela, es decir, a la inversa. Hoy las tendencias  nacen, crecen y mueren  en las redes sociales. Donde las marcas utilizan cientos de esbirros de mayor o menor influencia para dictar lo que se lleva. La moda y la música, cada vez más perezosas, saben que ya no existe el patrón oro, no hace falta talento para triunfar, solo hay que ser machacón e invertir en marketing (me parece genial, pero que no le llamen hacer música, eh C. Tangana). Tanto hemos tocado fondo, que no queda más remedio que recuperarnos, y quizás empezamos a ver la luz con Damiano David de Maneskin e incluso Harry Styles.  No son totalmente originales, ni reniegan de lo comercial ( las portadas en Vogue y colaboraciones con Gucci lo dejan claro) pero son el signo de lo mejor de este tiempo, el del tribalismo globalizado que permite la existencia de un Bowie con acento italiano.

P.D Como este es un artículo de opinión, me permito omitir algunas de las últimas aberraciones tanto musicales como estéticas a las que no niego su coherencia, tanto te producen una lesión en el oído como ganas de arrancarte los ojos.